«La fragmentación social es la verdadera grieta que nos separa a los argentinos» por Miguel Petridis
Porque la grieta que nos atraviesa es profunda y estructural, muchas veces oculta tras modernosas formas propagandísticas que intentan llevarnos a actuar en contra de nuestros propios intereses como sociedad.
Las cosas que nos rodean no «son», sino que han sido creadas desde una concepción política que beneficia de algún modo, a quienes las instalan como objetivas o verdaderas.
Esta oleada de naturalización de la competencia y de la meritocracia está generando una nueva oleada de darwinismo social, que justifica el abandono a su suerte de gigantescas porciones de nuestra sociedad.
Si un individuo no se adapta, es desechable, y eso, sin lugar a dudas se vuelve un parámetro que acentúa la segregación y la cancelación social como sujeto de derechos, que produce el efecto de negar al otro como un par mío que está atravesando un mal momento. Es la concepción del descarte del capitalismo industrial que se implementa en la forma en cómo se construyen los lazos sociales.
En un país como el nuestro, rico por donde se lo mire, pero desquiciado económicamente por la lógica predatoria que beneficia exponencialmente a menos del 1% de nuestra población, en detrimento del 99% restante, es increíble que sigan circulando convicciones que acrecientan esa asimetría, convicciones defendidas por quienes pierden en estas acciones.
Han sabido trabajar muy bien el campo simbólico para que esto ocurra. Y tampoco sólo ocurre en nuestro país. Y para que esto pueda seguir ocurriendo es necesario que la sociedad tenga la menor cohesión posible y capacidad de respuesta. Por eso apuestan a las consecuencias directas producto de la fragmentación social, o más aún a un grado de guerra interna, similar a la sociedad haitiana, que hace más de 20 años no puede salir de su condición de “estado fracasado”, condición a la que nos acercamos peligrosamente, en el 2001. Y la solución no son los organismos internacionales. Basta el ejemplo de la presencia de la ONU en Haití, durante estas dos décadas.
La fuerza de una nación es equiparable a la de una cadena: No importa cuántos eslabones sólidos tenga. Su fuerza se la da el eslabón más débil.
Miguel Petridis
Instituto Independencia