Anselmo Torres

‘Manifiesto para el tiempo que viene» por Anselmo Torres

MANIFIESTO PARA EL TIEMPO QUE VIENE.

Por Anselmo Torres

 

Hacia un nuevo movimiento popular para una sociedad exhausta, desencajada y hambrienta de sentido.

Hace tiempo que vengo pensando algo que, viniendo de mí, resulta casi obvio. Diría que forma parte de lo que cualquiera podría esperar de mí, puesto que soy un tipo conocido por su peronismo sin culpa, por sus cicatrices políticas, por su convicción en la comunidad organizada, por su forma de ser y hasta por la pasión inexplicable por Racing, ese sufrimiento al que llamamos amor. Pero incluso desde esa identidad que llevo tatuada desde Pirané, siento que algo se movió —o mejor dicho, que todo se fisuró—. Que estamos entrando a un tiempo en el cual los viejos paradigmas ya no alcanzan, no contienen, no enamoran, no convocan. Y no porque estuvieran equivocados, sino porque este nuevo escenario global los dejó sin suelo (como dice Paula Sibilia).

 

El mundo cambió de tal manera que ninguna grilla anterior, ningún catecismo ideológico, ningún manual de consignas sirve para comprender la magnitud de lo que nos atraviesa. Transitamos un tiempo social y afectivo marcado por el agotamiento, por un desánimo colectivo que cala hasta los huesos, por la sensación de que estamos al borde de una psicosis generalizada donde los hechos ya no importan, donde las palabras se desgastan en el aire y donde la esperanza parece un idioma extranjero.

 

En esa intemperie emocional de época, en esta sociedad arrasada por la incertidumbre, el odio rentado, la recesión de la imaginación política y la soledad masiva, siento que se volvió urgente repensar todo desde cero. No desde la comodidad del diagnóstico, ni desde la crítica académica que reescribe lo que ya sabemos, sino desde un gesto profundamente humano: volver a preguntarnos qué fuerza popular puede volver a poner de pie a este país, a nuestra gente, a ese pueblo que está ahí, exhausto pero vivo, esperando que alguien vuelva a hablarle con verdad, con dignidad, con proyecto.

 

Y ahí aparece una convicción que en mí no es una renuncia sino una renovación: es tiempo de construir un nuevo movimiento popular.

 

Ni reemplazo ni ruptura: reconstrucción

 

No hablo de sepultar al peronismo —porque nadie entierra una tradición que sigue latiendo en cada comedor, cada sindicato, cada memoria afectiva—, pero sí de reconocer que su simbología se volvió, en muchos casos, una cáscara vacía. Un significante desgastado que ya no convoca, que ya no enamora a las nuevas generaciones, que ya no moviliza porque fue colonizado, vaciado, estetizado, banalizado. Eso no significa que su potencia haya desaparecido, sino que la forma de transmitirla se agotó.

 

Hoy necesitamos un movimiento que tenga al peronismo como raíz, pero que ya no se exprese únicamente desde sus viejos rituales. Que no dependa de congresos partidarios donde se celebra el mismo liturgismo de siempre. Que no quede capturado por coloquios de intelectuales que hablan para sí mismos mientras el barrio se incendia. Necesitamos un movimiento que nazca de nuevo, pero desde abajo, desde las entrañas de la vida popular, desde esa Argentina que no aparece en los powerpoints de los analistas ni en la comodidad de los estudios de televisión.

 

El desafío central ya no es “organizar una fuerza política” sino reconstruir un discurso contrahegemónico. Recuperar la capacidad de producir sentido en una sociedad anestesiada por el cinismo, desbordada por la velocidad infinita de la información y atrapada por un individualismo que promete libertad para terminar entregando soledad.

 

La batalla cultural que viene no es una metáfora: es un combate por las emociones, por la autoestima social, por la idea misma de comunidad. Asistimos a un clima de época donde todo lo colectivo es puesto bajo sospecha y donde lo público aparece como un obstáculo para la sobrevivencia. En ese escenario, la verdadera revolución es volver a decir —con voz firme, con convicción, con ternura si hace falta— que la vida es mejor cuando se comparte, que nadie se salva solo, que la libertad sin justicia social es apenas un slogan vacío.

 

Un nuevo movimiento popular debe ser capaz de volver a encender la chispa de la esperanza, no como un cliché sino como una práctica concreta: demostrar que se puede volver a estar mejor, que el futuro no está escrito por los algoritmos, que la política puede ser, otra vez, un lugar donde valga la pena creer.

 

Entre el agotamiento y la posibilidad.

Vivimos un tiempo donde la sociedad está agotada, sí, pero también donde puede habilitarse un nuevo comienzo. La historia argentina tiene esa virtud: cuando todo se derrumba, renace algo inesperado. No se trata de nostalgia ni romanticismo; es la comprensión de que los movimientos verdaderos —los de fondo, los que transforman— nunca nacen en momentos de estabilidad. Surgen en las crisis profundas, cuando lo viejo ya no sirve y lo nuevo todavía no tiene nombre. Estamos en ese umbral. Y, aunque duela, es un privilegio histórico habitarlo.

 

Lo que necesitamos construir no vendrá de una rosca, ni de un congreso partidario, ni de un grupo de iluminados. Ni siquiera vendrá únicamente de militantes formados: vendrá del pueblo. De las vecinas que sostienen comedores, de los pibes que alquilan una pieza para estudiar, de las cooperativas que reciclan lo que la sociedad descarta, de los trabajadores que hacen magia con un salario que no alcanza, de las familias que sobreviven inventando estrategias todos los días para llegar a fin de mes. Ese es el lugar donde nace lo nuevo. Ese es el territorio donde se cocina la única política que vale la pena.

 

Un nuevo movimiento popular no es un rejunte electoral ni una sigla más para un frente. Es un gesto colectivo de supervivencia afectiva. Es recuperar la confianza en el otro. Es volver a mirarnos a los ojos sin sospecha. Es devolverle a la palabra “nosotros” un contenido real. No se trata solo de ganar una elección: se trata de que la Argentina vuelva a sentir que puede reconstruirse desde la solidaridad, desde el respeto, desde el orgullo de ser un país que, con todos sus problemas, nunca renunció a la justicia social como horizonte.

 

La esperanza no es un sentimiento; es una construcción política. Necesitamos recrearla, no como un acto de fe sino como un trabajo cotidiano: volver a hacer comunidad, volver a tejer redes, volver a confiar en el vecino, en los docentes, en las instituciones que todavía resisten, en nosotros mismos.

 

Este manifiesto no busca convencer a nadie: busca interpelar. Busca tocar esa fibra íntima que nos dice que todavía no está todo perdido, que todavía se puede, que todavía vale la pena luchar por un país que no expulse a sus hijos ni mercantilice cada respiro de la vida.

 

En definitiva creo que necesario empezar de nuevo, pero con memoria

 

Lo que viene exige un movimiento nuevo, sí, pero no amnésico. Un movimiento que tome lo mejor de nuestra tradición, pero que no se quede atrapado en su museo. Un movimiento que pueda hablarle a una Argentina rota, descreída, desconcertada, y decirle —sin prometer milagros ni fórmulas mágicas— que podemos construir un futuro distinto.

 

Yo lo digo desde mi historia, desde mis años en la universidad pública, desde mi vida en Pirané y Viedma, desde mis derrotas, mis dudas y mis convicciones: es tiempo de volver a caminar hacia adelante, pero con un nuevo mapa y con una nueva épica. No será fácil, pero nunca lo fue. Y aun así, cada vez que este país tocó fondo, alguien tuvo el coraje de encender una llama nueva.

Hoy quiero decirlo con todas las letras: tenemos que encender de nuevo la esperanza popular. Y hacerlo desde el pueblo, con el pueblo y para el pueblo.

Buenos Aires, 15 de Noviembre 2025